miércoles, 15 de octubre de 2025

El discurso fotográfico

 

La historia tras la escultura de Bilbao contra la soledad
















Actividad 12
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19 comentarios:

  1. La mecedora. Un asiento que evoca tranquilidad y tal vez añoranza sobre todo a nuestras madres. Un lugar donde mecer a su recien nacido, cuidarlo y alimentarlo. No es una simple silla donde balancearse ya que implica más que eso, implica un lugar donde puedes evadirte de los problemas durante un breve momento para relajar la mente. Y no solo eso, ya que es el único lugar donde se ve pasar el tiempo: desde el bebé recién nacido, hasta el adolescente, pasando a ver al adulto y acabando de ver su vejez.

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  3. La imagen de las dos mujeres me sugiere soledad y nostalgia. Parece mostrar a una persona que se enfrenta a sí misma, como si recordara su pasado o pensara en todo lo que ha vivido. Me hace pensar en muchas personas mayores que pasan tiempo solas porque sus hijos o nietos ya no las visitan tanto como querrían o incluso porque están lejos. Aun así, también me transmite ternura, como si dentro de esa tristeza hubiera un cariño hacia lo que fue y una aceptación del presente.

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  4. Almudena ha muerto. Hubo un tiempo en el que su legado la precedió, pero ahora la sucederá. Físicamente nos ha abandonado, sin embargo sus fans, sus lectores, todos aquellos que la conocen y la conocerán la mantendrán viva. Almudena no nos ha dejado, sus obras viven por ella.

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  5. La mecedora espera tranquila junto a la ventana. La luz entra suave por las cortinas y acaricia la madera. Sobre la manta descansa un libro abierto, como si alguien lo hubiera dejado a medias. Sobre el libro hay unas gafas negras, marcando la hoja para continuar leyendo. Los cojines guardan el calor de quien se sentó allí a leer. Todo el rincón es un sitio acogedor que transmite calma y ganas de quedarse un rato más.

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  6. La mecedora vacía parece guardar historias. En su balanceo detenido se siente el eco de una presencia ausente, alguien que solía sentarse allí cada tarde a mirar por la ventana o a dejarse mecer por los recuerdos. La manta aún descansa sobre el asiento, como esperando el regreso de unas manos que ya no están. La luz que entra por las cortinas baña el lugar con una calma melancólica, una mezcla de paz y nostalgia. Es un rincón que invita al silencio, a pensar en el paso del tiempo, en las vidas que dejan huellas no en los objetos, sino en el aire que se queda después. Esa mecedora no está vacía del todo: está llena de memoria.

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  7. El crujir de la madera siempre la había puesto nerviosa. Era un sonido constante que se colaba por las paredes y no la dejaba en paz. A veces se ponía los cascos y dejaba que la voz de Benito Antonio Martínez tapara el ruido, pero hoy no. Hoy se ha levantado y ha ido al salón. La mecedora la esperaba, quieta, en silencio. Ha comprendido que ese sonido solo vive ya en su cabeza, igual que la imagen de quien se mecía en ella, la mirada que se levantaba al verla entrar o la voz que siempre tenía algo que decir sobre la novela de su regazo. Ya no hay crujido ni música, solo silencio. Y en ese silencio vuelve a oír la madera y finge, por un momento, que alguien sigue meciéndose.

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  8. La mecedora descansa frente a la ventana, que parece tener memoria. Sobre el asiento, un cojín, una manta y un libro recuerdan el peso de alguien que solía mecer sus pensamientos entre el crujido de la madera y el silencio del cuarto.
    Hay algo íntimo en su soledad, como si guardara todavía la figura de una persona, como si estuviera detenida entre dos tiempos: el que fue y el que ya nunca será. Allí, entre la luz y el polvo, el tiempo, por un instante, se sienta a descansar.

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  9. El libro que se mece sobre la silla no es el único que guarda una historia. La imagen sugiere un trasfondo en el que se mezcla la memoria de la vejez con el paso del tiempo, el cual se escapa de nuestras manos a medida que nos movemos a través de él. Lo mismo ocurre con las páginas del libro; a cada palabra que avanza, las hojas se reducen, dejando menos espacio para su final.

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  10. Hace poco, al vecino de mi amama lo encontraron muerto en su casa después de varios días. Nadie se había dado cuenta de su ausencia, nadie llamó a su puerta, nadie preguntó por él. Solo otro vecino que solía ir a pescar con él se dio cuenta al no aparecer en su cita de pesca semanal. Esa noticia, que parece una anécdota triste más en un periódico local, es en realidad el reflejo de algo mucho más profundo: la soledad que muchas personas mayores viven en silencio. Una soledad que no siempre se nota, porque a veces se disfraza de rutina, de independencia, o simplemente de olvido.
    Campañas como la de la escultura en el banco buscan precisamente eso: que miremos, que nos detengamos, que recordemos que la vejez no debería equivaler al abandono. Que no se puede normalizar que alguien desaparezca sin que nadie lo eche en falta. La tercera edad no es solo una etapa de vida, es una etapa que merece compañía, atención y afecto. Cada anciano o anciana lleva consigo una historia completa, una vida entera que merece ser escuchada. Ojalá no tengamos que esperar a que el silencio pese tanto para darnos cuenta de que aún estamos a tiempo de acompañar.

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  11. El suelo de madera cruje con mis pisadas indecisas, anunciándole mi llegada al silencio. Las puertas del salón están más rígidas que hace unos meses y me cuesta abrirlas. Casi siento la tentación de dejarlas así, impenetrables, darme la vuelta, cerrar con llave y correr tanto que olvide el camino a esa casa. Al final reprimo mis impulsos y avanzo, deslizo las cortinas y abro las contraventanas. El aire pesado del salón se coloca sobre mi espalda, sujetándose a mi cuello tan fuerte que siento que me asfixio. La luz de fuera empieza a colarse entre los dos edificios y alumbra la estancia; casi la prefería a oscuras. Me doy la vuelta y enfrento a mi mayor miedo: la mecedora de mi madre. Nadie diría que este objeto puede causar miedo alguno, pero el pánico apresa mi cuerpo en cuanto poso mis ojos en él y casi huelo la colonia de mi madre o siento sus manos acariciar mi brazo. Su manta blanca, porque últimamente siempre tenía frío, y el cojín para su espalda, porque hacía ya años que le dolía la espalda, siguen tal y como ella los dejó por última vez, abrazando al libro que se estaba leyendo. Un libro que no llegó a terminar. ¿Acaso hay algo más triste que eso? Así es como me siento yo, como si ella se hubiese muerto antes de que la historia hubiese terminado. Incapaz de pasar la página o siquiera retocar la escena, vuelvo a cerrar las ventanas con ahínco y salgo de allí con prisa. “Es sólo una mecedora” intento tatuarme en la cabeza, pero no, es su cuerpo en vida.

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  12. La última imagen que tiene del abuelo es la que lograron salvar entre los escombros de la DANA. Aunque es el único recuerdo que queda de él, su hija aún no puede mirarla. Esa foto, que debería ser un consuelo, le recuerda todo lo perdido: la casa, el hogar y la pequeña peluquería que sus tíos construyeron con tanto cariño. Los vecinos también lo han perdido todo. Todo se ha ido, pero esa foto es lo único que permanece.

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  13. Imagen de la abuela de silicona:

    Hace años que me dejaron sola. Parece que ya no se acuerdan de que existo. Yo les di la vida y así me lo agradecen.

    Entiendo que hayan seguido su camino, que tengan hijos y responsabilidades, pero a mí me han abandonado en una residencia donde pasaré los últimos días de mi vida. Al principio, sí venían a visitarme, y su presencia era como un rayo de sol que se colaba por la ventana. Sin embargo, con el paso del tiempo, dejaron de tener tiempo para mí. Ya no encuentran un momento para venir. No quieren gastar su tiempo en su madre, en su abuela, que aún los ama con todo su corazón.

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  14. La mecedora es un elemento que ha ido pasando de generación en generación. Fue construida en Francia, tras la Revolución, por un carpintero que en realidad soñaba con hacer vidrieras. Cuando la expuso en el escaparate de su tienda una señora muy pudiente en seguida la compró y se la llevó a su chateau. Cuando la señora murió su hija, una esposa aburrida y apasionada por la jardinería, se la llevó a su casa en Italia, donde vivía con su marido y sus tres hijos. Cuando esta otra mujer murió su hijo más pequeño, un brillante escritor de cuentos infantiles, se la llevó consigo a Inglaterra, donde residía con su “querido amigo del alma”. La mecedora fue cambiando de país con cada dueño al que vio nacer y morir, para ella el tiempo pasaba de otra manera, cuanto más tiempo la usaban más duraba. Se pasó años siendo envidiada por los demás muebles del hogar, hasta el día de hoy, ahora no parece ser más que una silla cualquiera, en la que se apilan las mantas del invierno.

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  15. Existe un punto en la vida de todo ser humano en el que la vida toma un camino circular; de pronto, volvemos a ser niños. Volvemos a enfrentarnos al hastío de tener tanto tiempo por delante, sin preocupaciones, que decidimos no hacer nada. El tiempo se convierte en nuestro mayor aliado, y gracias a ello, todo a nuestro alrededor comienza a adquirir una cualidad casi divina; nace una intimidad de aquel libro que tanto tiempo lleva cogiendo polvo en la estantería, y que sin embargo, jamás había resultado tan oportuno; surge una paz extraña de aquel sillón que lleva toda una vida conviviendo con nosotros, haciéndose oír por un chirrido que jamás nos había resultado tan agradable. El conformismo jamás había resultado tan contradictorio, y a la vez, tan necesario.

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  16. Qué vacía está la casa desde que te fuiste. Qué vacía está nuestra habitación sin ti en ella, en tu mecedora, leyendo las obras de teatro que tanto te gustaban y que con tanto cariño y pasión les leías a nuestras hijas y, después, a nuestros nietos. Tantas han sido las horas que has pasado meciéndote que parece que todavía se mueve… aunque tú ya no estés sentado en ella. No sé, parece que fue ayer cuando me estabas leyendo aquella obra de Buero Vallejo que tanto nos gustaba; ayer... o incluso hoy, ¡o hace escasas horas! No sé, estoy muy confusa desde que te fuiste. Los segundos aparecen minutos, las horas parecen días, los meses parecen años… y sigo sin saber de ti.

    Últimamente me visita mucho un hombre que no conozco. Parece que es un conocido de nuestras hijas, siempre los veo hablando con muchísima confianza… como si estuviesen hablando contigo. Ellas me dicen que él siempre estará a mi lado para lo que necesite, pero ni siquiera sé su nombre. No sé, supongo que será un cuidador o algo. Cuando me acuesto en la cama, se suele sentar en tu mecedora. A veces me lee obras de teatro, supongo que nuestras hijas le habrán dicho que me gustan… Pero no sé, a veces me recuerda a ti, sobre todo por las voces que les pone a los personajes. Alguna vez se lo he dicho, pero su respuesta no va más allá de una sonrisa y de una mirada con los brillantes que enseguida desvía de nuevo hacia el libro.

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  17. Entro en la habitación que está justo enfrente de las escaleras que conducen al segundo piso. Es un cuarto vacío, con una mecedora. El suelo chirría, y el viento que entra por la ventana entreabierta mueve con delicadeza las cortinas de seda. A simple vista, puede parecer solo eso: una silla. Y es cierto, en realidad no es más que un objeto que se balancea cuando alguien se sienta en él. Sin embargo, su trasfondo es otro. Me siento en el suelo y me traslado cincuenta años atrás. Veo la misma silla, aunque más joven, menos deteriorada. Se la ve más viva Me pregunto todo lo que habrá vivido a lo largo de estos años. ¿Habrá acunado a algún bebé junto a su madre? ¿Cuántos libros se habrán leído sobre ella? ¿Con cuántas personas habrá envejecido? Tomo el libro que descansa sobre la mecedora y me siento en ella. Una ola de nostalgia me invade al recordar las veces que me he balanceado con mi abuela en este mismo lugar, los cientos de libros que leí junto a ella y todos los años que hemos pasado juntos, envejeciendo. No puedo dejar de llorar al darme cuenta de que mi abuela nunca volverá a sentarse aquí. Por eso ahora me toca a mí seguir construyendo los recuerdos de esta mecedora… de mi mecedora.

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  18. Mi abuela se fue hace un mes, sin embargo nadie ha sido capaz de mover su mecedora, ni si quiera hemos podido quitar su libro y sus gafas de ahí. Nadie es capaz de hacerlo, quizás sintamos que si todo sigue igual ella sigue con nosotros. Mi padre dice que el tiempo lo cura todo, pero yo estoy segura de que el tiempo no llenara el espacio que ella ocupaba. Todavía la veo meciéndose y preguntándome si me hace ya de comer.

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  19. Ese último vaivén ha quedado congelado, suspendido en el aire como un aliento que no acaba de exhalarse. La huella tibia en el cojín y la manta deslizándose por el borde guardan el rastro íntimo de una presencia recién abandonada, mientras la luz invernal de un domingo agoniza tras las cortinas y derrama su melancolía sobre cada objeto de la sala. En la estancia, el silencio no es ausencia, sino una vibración tenue que parece recordar el movimiento anterior, un pulso todavía leve que resiste a desvanecerse. Todo permanece en un equilibrio frágil, detenido en ese instante en que el tiempo es duda, como si su marcha no fuera un pacto asegurado, como si pudiera detenerse para siempre y dejarnos atrapados en la misma exhalación. Y en ese amago de quietud eterna late algo más hondo que el miedo a morir: la sospecha de que nada vuelva a moverse, de que la vida quede suspendida en un silencio sin retorno, en un presente inmóvil que ni avanza ni permite regresar.

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